Rafael Alberti
(1902-1999)
Con los zapatos puestos tengos que morir, Elega cívica
Con los zapatos puestos
tengos que morir,
Elega cívica

Con los zapatos puestos
tengos que morir
(Elega cívica)

1930

SERA en ese momento, cuando los caballos sin ojos, se desgarren las tibias
contra los hierros en punta de una valla de sillas indignadas
junto a los adoquines de cualquier calle recién absorta en la locura.
Vuelvo a cagarme por última vez en todos vuestros muertos;
en este mismo instante en que las armaduras se desploman en la casa del Rey,
en que los hombres más ilustres se miran a las ingles sin encontrar en ellas la solución
a las desesperadas órdenes de la sangre.
Antonio se rebela contra la agonía de su padrastro moribundo.
Tú eres el responsable de que el odio haga llegar al cielo el grito de las bocas sin dientes,
de las bocas abiertas por el odio instantáneo de un revólver o un sable.
Yo sólo contaba con dos encías para bendecirte
pero ahora en mi cuerpo han estallado veintisiete,
para vomitar en tu garganta y hacerte más difíciles los estertores.
¿No hay quien se atreva a arrancarme de un
manotazo las vendas de estas heridas y asaltarme los ojos con los dedos?
Nadie sería tan buen amigo mío,
nadie sabría que así se escupe a Dios en las nubes, ni que las mujeres
recién paridas claman en su favor, sobre el vaho descompuesto de las aguas,
mientras que alguien disfrazado de luz, rocía de dinamita las mieses y los rebaños.

En tí reconocemos a Arturo.

Ira desde la aguja de los pararrayos, hasta las uñas más rencorosas
de las patas traseras de cualquier piojo agonizante,
entre las púas de un peine hallado al atardecer en un basurero.
Ira secreta en el pico del grajo que desentierra las pupilas sin mundo de los cadáveres.
Aquella mano se rebela contra la frente ternísima de la que le hizo comprender el agrado
que siente un niño al ser circuncidado por su cocinera con un vidrio roto.
Acércate y sabrás la alegría recóndita que siente el palo que se parte
contra el hueso que sirve de tapa a tus ideas difuntas.
Ira hasta en los hilos más miserables de un pañuelo descuartizado por las ratas.
Hoy sí que nos importa saber a cuántos estamos hoy.

Creemos que te llamas Aurelio y que tus ojos de asco los hemos visto
derramarse sobre una muchedumbre de ranas en cualquier plaza pública.
¿No eres tú acaso ese que esperan las ciudades empapeladas de saliva y de odio?
Cien mil balcones candentes se arrojan de improviso sobre los pueblos desordenados.
Ayer no se sabía aún el rencor que las tejas y las cornisas guardan hacia las flores,
hacia las cabezas peladas de los curas sisilíticos, hacia los obreros que desconocen ese lugar
donde los pistolas se hastían aguardando la presión repentina de unos dedos.

Oid el alba de las manos arriba, el alba de las náuseas y los lechos desbaratados,
de la consunción de la parálisis progresiva del mundo y la artereoesclerosis del cielo.
No creáis que el cólera morbo, la viruela negra, el vómito amarillo, la blenorragia,
los hemorroides, los orzuelos y la gota serena, me preocupan
en este amanecer del sol como un inmenso testículo de sangre.
En mí reconoceréis tranquilamente a ese hombre
que dispara sin importarle la postura que su adversa
rio herido escoge para la muerte.
Unos cuerpos se derrumban hacia la izquierda y otros hacia la derecha,
pero el mío sabe que el centro es el punto que marca la mitad de la luz y la sombra.
Veré agujerearse mi chaqueta con alegría
Soy yo ese mismo que hace unos momentos se cagaba en la madre del que parió las tinieblas?
Nadie quiere enterrar a este arcángel sin patria.

Nosotros lloramos en tí esa estrella que a las dos en punto de la tarde
tiene que desprenderse sin un grito, para que una muchedumbre
de tacones, haga brotar su sangre en las alamedas futuras.

Hay muertos conocidos que se orinan en los muertos desconocidos,
almas desconocidas que violan a las almas conocidas.
A aquel le entreabren los ojos a la fuerza para que el ácido úrico le quemenas pupilas
y vea levantarse su pasado como una tromba extática de moscas palúdicas.
Y a todo esto, el día se ha parado insensiblemente.
Y la ola primera pasa el espíritu del que me traicionó, valiéndose de una gota de lacre y la
Ola segunda pasa la mano del que me asesinó poniendo como disculpa la cuerda de una
guitarra; y la ola tercera, pasa los dientes del que me llamó hijo de zorra, para que,
al volver la cabeza, una bala perdida le permitiera al aire entrar y salir por mis oídos,
y la ola cuarta, pasa los muslos que me oprimieron en el instante de los chancros y las orquitis
y la ola quinta, pasa las callosidades más enconadas de los pies que se pisotearon
con el único fin de que mi lengua perforara hasta las raíces
de esas plantas que se originan en el hígado descompuesto de un caballo a medio enterrar;
y la ola sexta, pasa el cuero cabelludo de aquel que me hizo vomitar el alma por las axilas;
y las ola séptima, no pasa nada;
y la ola octava no pasa nada;
y la novena tampoco;
ni la décima;
ni la undécima;
ni la duodécima

Pero estos zapatos abandonados en el frío de las charcas, son el signo evidente
de que el aire aún recibe el cnerpo de los hombres,
que de pié y sin aviso, se doblaron del lado de la muerte.

   
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